
Nota en la Revista Puerto Nro.11- SUR Ediciones Gráficas PESCA ARTESANAL |
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Una Apuesta a la Esperanza Si algo caracteriza a los pescadores artesanales de la Península Valdés, en Chubut, es la esperanza de lograr mañana lo que no pudieron pescar hoy. Actitud para nada conformista, se trata de una filosofía de vida, o de lucha, mas acorde a los tiempos que corren, donde ganarse el sustento se parece a una batalla en la que uno no trabaja: "la pelea". A pesar de vedas, empresarios que pagan lo menos posible o productos importados que les tiran abajo el precio de sus mariscos, los pescadores artesanales trabajan cada temporada como si fuera la mejor. Es un oficio duro, sacrificado, esto de salir a "marisquear", pero Luis Agustín De Francesco y José Luis Ascorti son pescadores de ley, están orgullosos de la profesión que eligieron y hacen mucho para mejorar la actividad. Aquí abordamos como viven y les mostramos que buscan estos hombres de mar. Luis Agustín De Francesco preside la Asociación de Pescadores Artesanales de Puerto Madryn, y es propietario de una embarcación de pesca artesanal, buzo profesional y patrón de zona especial. Cuando llegó a Madryn, en 1980, tenía 15 años y ni la menor idea de que iba a ser pescador. Atrás quedaba su Punta Alta natal, en el sur de la provincia de Buenos Aires y en el puerto patagónico encontró un empleo en una planta metalúrgica, haciendo montaje y soldadura. Allí, en un mar de fierros, entre chispazo y chispazo, le contaron que era esto de la pesca. "Un compañero de trabajo se había dedicado a la pesca de costa, nos entusiasmó y armamos una sociedad entre cuatro. Compramos un bote, la red y nos iniciamos en la actividad. Después de ir tres o cuatro veces a pescar, mis socios no quisieron saber mas nada. Yo les compré su parte y me quedé con todo el equipo y ahí arranqué, de a poquito fui aprendiendo y despues de ocho años renuncié a la empresa. Me gustó mucho mas ser independiente". Primero Luis intentó la pesca de costa. Acostumbrado a convocar a la gente, ya se había traído a sus dos hermanos menores a trabajar con él, Cachín y Eduardo, y durante varios años pescaron pejerrey y cornalitos. "En el '91 probé bucear, cosa que me gustó, le agarré la mano enseguida, ya al mes estaba buceando. Trabajé un par de años de buzo, mientras mis hermanos seguían con la pesca de costa. Después se me dio la oportunidad de comprar una embarcación, así que me inicié como propietario de lancha y mis hermanos se vinieron a trabajar conmigo. Ahora Cachín es buzo y Eduardo marinero. Con el tiempo rendí las habilitaciones y todas las exigencias de Prefectura para estar en regla y enseguida aclara que "normalmente quien se inicia en esta actividad lo hace sin cumplir ninguna reglamentación. Es tanta la gente que pasa y somos tan pocos los que quedamos. Al que lo atrapa esta actividad, al que realmente le gusta pescar, tarde o temprano empieza a progresar", dice Luis, orgulloso del camino recorrido. Por lo que me cuentan, la mayoría de los pescadores se acercaron a a la actividad sin haber tenido relación alguna con el mar "Es gente que probó una vez, lo atrapó y se quedó" sintetiza Luis. Algo parecido le pasó a José Luis Ascorti, secretario de la Asociación, que empezó como marinero y hoy es propietario de una embarcación, patrón de zona especial y buzo profesional. En 1981 salió de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, para hacer un curso de marinero en Puerto Madryn. No volvió más. Allí formó su familia y encontró su profesión. "Cuando estaba haciendo el curso de marinero, uno de los oficiales, que era muy fanático del buceo, nos hizo un curso y saqué la habilitación. Ya que estaba, empecé a buscar trabajo de buzo, y una gente conocida me mandó al golfo San José, donde hice mis primeros trabajos. Me gustó y me quedé" dice José, que decidió su vida así de simple. "Fui propietario de una embarcación al año y medio de haber iniciado la actividad y desde entonces mi mayor entrada ha sido la marisquería por buceo". |
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Manos al Marisco El marisquero trabaja en equipo, formado generalmente por 3 o 4 personas. Cada uno tiene una tarea bien definida: están los buzos, que bajan a recolectar los mariscos, el marinero, que se ocupa de las tareas propias de la navegación y de embolsar los mariscos que van sacando los buzos, y está el patrón, que además de mandar, hace un poco de todo y ceba unos mates. Aquí no hay jerarquías, se trata de una organización en la que todos van a porcentaje; como cada uno cobra según la producción que tuvo, todos se esfuerzan porque la jornada sea lo mas rentable posible, y hoy tienen que tratar de pescar lo que no se pudo ayer, ya que no tienen todo el año para trabajar. En total, la temporada de pesca dura unos seis meses. La actividad se inicia a mediados o fines de marzo, con la extracción de cholgas, almejas y mejillones, de bajo valor comercial y "de difícil colocación porque hay que competir con productos extranjeros, como la producción chilena, que nos ha tirado el precio muy abajo" cuenta Luis, tratando de disimular la bronca. "Por una bolsa de 40 kilos de cholgas te pagan 9 o 10 pesos, precio irrisorio. Una bolsa de almejas entre 11 y 12 pesos. Si contamos que una lancha puede sacar 26 bolsas por día, que después hay que repartir entre por lo menos tres personas, y que los buzos llevan el 30% de la captura...da para subsistir, nada más". El respiro llega con la temporada de vieyras, que se abre a mediados de año y les permite hacer una diferencia. "Siempre fue nuestro caballo de batalla" dicen, ya que una bolsa de 40 kg. la pueden cobrar entre 50 y 80 pesos. "Los que conseguimos sacarle 80 pesos es porque hacemos un arreglo con una planta procesadora por el cual nosotros le entregamos las bolsas, ellos nos cobran el procesado de la mercadería y la guardan. Al momento de la venta, la empresa se queda con el 20% y nosotros con el 80%. El tema es que hay que salir a vender la vieyra, y después hay que esperar cobrarla, porque los pagos se demoran 30, 60 o 120 días". Pero esta modalidad que relata Luis no es cosa de todos los días, ya que hay muchos pescadores que, obligados por la necesidad de mantener a sus familias o porque no quieren complicarse la vida, venden su mercadería a las empresas procesadoras por mucho menos de su valor, a unos 40 o 45 pesos la bolsa. A cambio de la seguridad de cobrar en forma semanal o quincenal, muchos pescadores ceden ante los precios bajos que les imponen en las plantas. "De las 14 o 15 embarcaciones que hay, 7 estamos por la opción de guardar la mercadería" dice Luis, "lo importante es asegurarse de no malvender, porque la temporada termina en octubre y si no malvendemos, después tenemos por delante un montón de meses y nos agarra el verano...mal. El año pasado guardamos el producto para ver si podíamos conseguir mejor precio en el verano y cuando llegó el turismo, se pudo vender mejor. Nosotros dimos el puntapié inicial de no venderle a los monopolios que acá han manejado siempre el marisco y estamos tratando de revertir la situación". Ya no me quedan dudas de que Luis y José son hombres de acción, de la buena. Dieron un golpe de timón a sus vidas y se jugaron por eso. Lo mismo hacen todos los días desde la asociación de pescadores artesanales que ahora dirigen y también fundaron en 1993. "Ya superamos los cien afiliados" y se miran, contentos. Entre ellos están los dueños de embarcaciones, buzos, marineros, los patrones, los recolectores de costa y los pulperos. Hay científicos y comerciantes también. Pensar que tiempo atrás estaban tan desperdigados, que no existían para quienes decidían sobre el sector. "Al habernos agrupado logramos que no se tomen decisiones sobre nosotros sin ser consultados. Ahora estamos presentes en cuanta reunión se hable de la pesca en Península, tenemos inserción a nivel municipal, provincial y nacional y nos conectamos con asociaciones de otros países", contesta Luis cuando le pregunto por los avances de la organización. Pero la cosa no termina ahí. Estos tipos inquietos se lanzaron a buscar nuevos mercados, y no se fueron acá nomás. Están en tratativas con gente de Estados Unidos, Francia, España y Taiwán, adonde mandaron muestras de los diferentes mariscos de la zona, para que los evalúen y, claro, les compren. "Estamos continuamente buscando una salida, que si se concreta será una solución para todos, porque una vez que haya interesados, se negociará directamente con los pescadores y se venderá a través de la planta procesadora, a mejor precio y se cobrará casi al contado", dicen y ya me contagian el entusiasmo. |
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Proyectos y esperanzas Algo que parece estar muy encaminado es la posible explotación de una especie que entre nosotros no encontró mercado, pero sí lo tiene en el exterior: la panopea, un molusco que está en fondos blandos, muy arenosos. "En el Golfo San José hay una importantísima población" comenta Luis, "también en la zona de Puerto Lobos, las han visto en Rawson y creemos que más al sur también hay. Se las puede encontrar entre los 2 y los 15 metros de profundidad". Los muchachos de la asociación andan tentando el mercado norteamericano, específicamente a unos compradores de la ciudad de Washington, que al ver las muestras se tomaron un avión para ir a bucear con Luis y José, porque querían ver las panopeas en vivo y en directo. Ya están en plena negociación, mandando pequeños cargamentos para testear la aceptación del mercado. Otro proyecto que están timoneando es la creación del largamente esperado Mercado Concentrador de Puerto Madryn, un lugar que reuniría toda la producción de los pescadores artesanales de la zona, para subastarlos a mayoristas, minoristas y a clientes particulares. El tema ahora está en manos de la Subsecretaría de Desarrollo Económico municipal, que destinaría una planta ubicada en el parque industrial liviano, en las afueras de la ciudad, y que acondicionarían para albergar el mercado. El predio en cuestión todavía están en juicio con un banco, pero las autoridades son optimistas y dicen que se licitarían los sectores en noviembre, la construcción se haría en tres meses, y para enero del año que viene Puerto Madryn tendría su mercado concentrador. Terminadas las palabras empiezan las esperanzas, y de eso los pescadores saben. "Una cosa que nos da esta actividad es que siempre tenemos esperanza para el día de mañana. Si hoy no pudimos pescar, mañana lo haremos...y mañana decimos lo mismo, que lo vamos a pescar pasado, pero la esperanza siempre la tenemos!" dice Luis y José asiente. Pero hay algo más, ellos acompañan la esperanza con la acción. - Laura Sarrate |
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DIARIO DE VIAJE - Una jornada de pesca en el Golfo San José El día 19 de Julio en Puerto Madryn se presenta nublado y frío, con una temperatura de 5 grados y sin demasiado viento. Luis De Francesco, pescador artesanal y buzo, me avisa que ya se preparan para salir a pescar vieyras al golfo San José, después de una semana de inactividad por el mal tiempo. Enseguida me voy a preparar el equipo de fotograf[ia. Luis después me comenta que la recolección de vieyras comienza en junio y termina en septiembre, así que hay solo cuatro meses para pescar. Y cada día de viento es un día perdido para los pescadores, que hay que recuperar apenas se den las condiciones. En cuanto paró el viento salimos: ya eran las 11 de la mañana. En el acceso a Playa Larralde nos esperaba un camino de tierra en muy mal estado, que atravesamos con la camioneta entre sacudidas y patinadas. Luis al volante, mas que pescador parece un piloto de rally. "Al dueño del campo no le interesa que pase mucha gente por acá, así que nunca lo arreglan" dice José Ascorti, otro de mis anfitriones en esta jornada de pesca. El equipo se completa con los dos hermanos de Luis, Cachín de 23 años y seis de "buzo marisquero" y Eduardo, el marinero de la embarcación. Al llegar a la playa José va a buscar el tractor para que, una vez alistada la lancha "Claudia Mabel", iniciemos lo que llaman la maniobra, que consiste en meter el trailer con la lancha en el agua, empujado por el tractor. Ya embarcados, hicimos casi una hora de navegación, durante la cual vimos unas cuantas ballenas. Localizado el lugar elegido para la recolección de vieyras, Luis sondeó la profundidad. El sonar indicó diez metros. Fondeamos. Eduardo, el marinero, prepara las mangueras y el compresor de aire, nexo vital ente los buzos y la lancha. Mientras, Cachín se pone el traje de neoprene de 13mm. y luego se sumerge en las frías aguas, en busca de densidad de vieyras. Después de unos minutos regresa a la superficie diciendo que no hay mucho, pero algo hay. Le alcanzan un salabardo (una bolsa de red) y se sumerge nuevamente, esta vez a recolectar. No lo volveremos a ver hasta dentro de dos horas y media, durante las cuales habrá llenado de vieyras unas 5 bolsas de 40 kilos. Media hora después de Cachín es el turno de Luis, que repite el ritual de neoprene y desaparece bajo las aguas. Entonces comienza una febril actividad en la embarcación. Las curtidas manos de Eduardo suben las redes, llenan y luego cosen las bolsas con los mariscos, todo sin dejar de controlar las mangueras y el compresor. De vez en cuando se toma un mate cebado por José. Yo mientras tanto, no paro de hacer fotos. Le pregunto a José si le gustan las vieyras, me mira, se ríe, toma unas cuantas y las pone a hervir en agua de mar. Cuando se abren me da una y dice "sacále el punto negro y probá", cosa que hago no sin desconfiar un poco. La vieyra se me deshace en la boca. Así descubro un sabor y una textura únicas, mucho mejor que las que probé en restaurantes. "Es el agua!", dice José. Transcurridas dos horas Eduardo, manguerazo mediante, le avisa a Cachín que tiene que descomprimir. Le baja "el muerto", una soga de tres metros con un peso en el extremo, a la cual se sujetará y permanecerá sin moverse durante 30 minutos. Mientras sube Cachín, José se apresta a bajar y Luis se va a descomprimir. Nos encontramos en la cabina de la lancha y, mientras se calienta las manos en el anafe, Cachín me pregunta "y?...ya vomitaste?". "Qué, tenía que descomponerme?" respondo agrandado por no pasar ese trance. "Y sí, casi todos los que vienen por primera vez se marean y se descomponen" contesta burlón. Son las 17:30, el viento comienza a soplar y el sol a caer. José sube y dice que ya no se ve el fondo, así que vuelve a la lancha. Eduardo recoge las mangueras, apaga el compresor, cose las últimas bolsas y las acomoda de acuerdo a las indicaciones de Luis, para permitir una correcta navegación. La cosecha de hoy fue bastante magra, dicen; fueron 13 bolsas en 5 horas. Y comentan que en un día con buenas condiciones y en un banco aguas adentro, llegan a sacar 26 bolsas en 3 horas. Levantamos el ancla y emprendemos el regreso. La navegación se complica un poco por el viento norte que comenzó a soplar y hace que la lancha se mueva bastante. Me pregunto entonces que estoy haciendo ahí yo, marinero de tierra firme y envidio a Cachín y Eduardo que duermen plácidamente en las cuchetas, acunados por las sacudidas. A las 18;30 ya es de noche y me resulta difícil saber cómo orientarme, pero los pescadores parecen conocer el camino de memoria. Cerca de las 20:00 por fin llegamos a Playa Larralde y nuevamente hacen la maniobra, pero a oscuras y con viento. Una vez en tierra pasamos las bolsas con vieyras a la camioneta y comenzamos el viaje hacia Puerto Madryn. Al llegar, primero dejamos a José en la casa y los muchachos arreglan para salir al día siguiente, a las 6 de la mañana, si el tiempo acompaña claro. Ahora, mientras ellos terminan su jornada de pesca, comienza mi trabajo; contarles esto y revelar las fotos. - Pablo de la Villa |
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LA PERLA DE LOS PESCADORES - Inés Elías es una científica fuera de serie. Doctorada en Ciencias Naturales e investigador adjunto del Conicet, trabaja en el Centro Nacional Patagónico, en Pto. Madryn, Chubut. Desde la comodidad de su luminoso laboratorio, podría dedicarse a producir publicaciones que le aseguren sueldo y prestigio o limitar su trabajo a elaborar recomendaciones sobre pesquerías. En síntesis, la doctora Inés Elías podría vivir, como muchos investigadores argentinos, en su burbuja científica, acumulando sabiduría sin saber muy bien para quién. Pero ella eligió otro destino. El de construir codo a codo un futuro mejor para los pescadores artesanales de la Península Valdés. Se mete con ellos, navega en sus barcos, comparte su mesa familiar. Los conoce y hace mucho por y junto a ellos, aunque no lo admita en la entrevista. Y llevó largo rato de charla conocer algunas cosas que hizo por los pescadores, como alertarlos por los "espejitos de colores" con que más de una vez los funcionarios provinciales quisieron conformarlos, brindarles el contacto con el mundo exterior a través de su propio correo electrónico, o llevarlos a una reunión nacional a Mar del Plata, y conseguir los fondos para que los pescadores pudieran ir, sin costo alguno. Eso, además de pelear con cuanto funcionario se le cruce, por los siempre postergados derechos sociales de la gente. Lejos de ser una activista, Inés Elías es una mujer con una profunda conciencia social. Una perla que brilla en la Península Valdés. -Cómo empezaste a trabajar con los pescadores de la zona? -Fue hace algunos años, a raíz de una investigación sobre las pesquerías del pejerrey y el salmón de mar, para realizar recomendaciones de manejo del recurso. Tanto salir a pescar con ellos que, bueno, empezamos a hablar. Evidentemente es algo que ya lo llevaba adentro, esto de interesarme por saber como viven. Después surgió la posibilidad de hacer pruebas con palangres y estuve más en contacto con los pescadores, embarqué todos los días con ellos, vi sus dificultades, los conocí mas. Entonces me pregunté que podía hacer yo, y empecé a colaborar y acompañarlos en sus iniciativas. -Por qué seguís con los pescadores?. No te faltan oportunidades para dedicarte a la ciencia... -Es que siento un compromiso. De todas maneras tengo que investigar. El Conicet a mí me paga en la medida que sigo produciendo trabajos científicos. Estar con los pescadores no es "redituable", pero me da grandes satisfacciones personales, como por ejemplo haber ido a un encuentro de políticas pesqueras con una delegación de 17 personas, la mayoría pescadores...o haber organizado el primer encuentro de pescadores artesanales del Chubut, donde 35 pescadores trabajaron dos días en mesas de discusión con funcionarios y gente del sector. No sé si al Conicet le parecerá interesante...pero para mí es un orgullo. -Qué pensás de la pesca artesanal en la Península?. Cuáles son las asignaturas pendientes?. -Creo que la actividad tiene muchas posibilidades de desarrollo, pero hay que reestructurar la flota, pensar en embarcaciones mayores. Los recursos de los golfos son limitados y va a llegar el momento en que los pescadores tengan que salir a otros lugares y esto va a significar mayor capacitación y mejores embarcaciones. Y lo que falta es trabajar sobre los sectores más desprotegidos, como los recolectores costeros, los pulperos y demás, que están viviendo en el Riacho. El Estado debería ocuparse de esos asentamientos, darle condiciones dignas a la gente. Esa gente, los pescadores para los que trabaja Inés, valoran mucho su esfuerzo. "Tenerla a Inés es como dormir sin frazada" dice Luis De Francesco, "estuvo cada vez que la necesitamos, siempre está cerca". José Luis Ascorti, el pescador que la llevó a conocer su mundo, agrega "es una de las colaboradoras mas firmes que tenemos, nos acompaña a todos lados. Ella nos consigue los contactos más importantes, con gente de acá o del extranjero. Además Inés siempre nos incentiva, porque por ahí nos agarran bajones cuando las cosas se complican, entonces ella nos alienta, 'muchachos , sigan para adelante'. Nos pone las pilas ". |
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